Los comentarios que han circulado en estos días coinciden en señalar que la ausencia de Cristina Fernández del escenario político -- por las razones que todos conocen -- ha contribuido a conformar el mejor clima electoral de los últimos años. En estos últimos días de campaña, el clima entre los candidatos políticos se desenvolvió en un marco de mutuo respeto y no hubo agresión ni confrontación de carácter verbal ni física.
Es evidente que cuando no está la madre de la confrontación, los hijos no confrontan... Desde arriba, en este caso, no bajaron instrucciones o sugerencias para que el oficialismo avance sobre los opositores. Y al no producirse esa situación, el clima fue como tiene que ser: normal y sin peleas.
Por otra parte, la sociedad argentina también se mantuvo calma y serena. ¿Por qué? Porque Cristina dejó de aparecer por televisión todos los días, pronunciando alocuciones que ponen en evidencia a una presidente sumamente nerviosa y agresiva, que en reiteradas oportunidades incita a la confrontación. Esto se advierte, simplemente, quitándole el volumen al televisor y observando su gesticulación.
Ese nerviosismo y el aparente desequilibrio emocional que advierte la sociedad argentina en sus discursos, se transmite hacia abajo. Cristina contagia el nerviosismo y motoriza la crispación. Felizmente, esto no ha sucedido en los últimos días. Seguramente, si no hubiera estado enferma y ella misma se hubiera propuesto bajar el nivel de nerviosismo y crispación, no hubiera podido lograr estos buenos resultados que aquí se comentan.
Esa calma general de la gente, se advirtió hoy en el acto electoral. Era evidente la tranquilidad que había en la gente que concurría a ejercer sus obligaciones ciudadanas. No había crispación, no había nerviosismo, no se vio la confrontación. Y justamente esto es lo que todos los argentinos desean.
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