Cristina Fernández se ha enojado, y mucho, con algunos medios de difusión, puntualmente con La Nación y con Clarín, por determinados temas que han publicado y que originaron su reacción. A través de su vocero Parrilli, salió a criticar la ética periodística y a cuestionar la veracidad de la información que difunden. La responsable de conducir los destinos de Argentina, mantiene intacto su rencor hacia esos dos medios, que son de los pocos que quedan con la etiqueta de opositores.
Indudablemente, la presidente de la Nación ha incursionado en el terreno de la ética, aspecto precisamente que ella misma debería cuidar a partir de ciertas actitudes suyas que no dejan bien parada a la imagen presidencial. Si hoy hubiera que hablar de ética, la presidencial está por el suelo, es decir, no existe.
La señora Cristina está imposibilitada de hablar de ética, cuando sus reiteradas actitudes en actos públicos -- bailando, tocando bombos o mostrándose con calzas -- están muy lejos de lo que siempre se ha reconocido como la ética presidencial. Las expresiones que utiliza en sus discursos, como, por ejemplo, "che, hermano" o "que pare ese del tambor" o sus sugerencias sobre alimentos afrodisíacos, entre muchas otras, hablan con toda claridad acerca de la inexistencia de la ética presidencial.
No vale la pena mencionar sus actitudes de enojo, al aparecer por la cadena nacional, con gesticulaciones diversas, que muestran una personalidad totalmente desequilibrada al pronunciar discursos oficiales. Sería muy largo enumerar la serie de episodios donde la figura presidencial ha estado muy lejos de la actitud ética que debe mostrar en todo momento una persona que tiene la responsabilidad de conducir un país.
Por eso llama tanto la atención que salga a cuestionar, a través de sus voceros, la ética periodística, cuando ella no la tiene en el cumplimiento de sus funciones. Ni hablar de las contradicciones en las que incurre constantemente y en los datos erróneos que frecuentemente menciona en sus alocuciones.
La señora Cristina Fernández, desde su posición de soberbia, no se ha concientizado aún de que es imposible administrar un país pretendiendo tergiversar la realidad y mintiendo con llamativa frecuencia. La premisa de que "la mentira tiene patas cortas" todavía no ocupa un lugar en su mente y, lamentablemente, la realidad la golpea todos los días.
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